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Miss Super Pop

Y ahí estaba yo con 11 añitos y un lazo gigantesco plantado cual antena parabólica en mi cabeza. Sonriente, feliz con mis medias de plumeti y el vestido confeccionado por mi abuela a juego con el de mi hermana. Imaginaros a una muñequita (esta era mi sister con 5 años) y una niña en plena etapa prepuber vestida como una muñecota (esa era yo).

En mi habitación con papel pintado de Laura Ashley soñaba todo tipo de fantasías, unicornios, países inventados, trajes de ensueño. Lo dulce, lo bello y lo vulnerable siempre me han encandilado. Desde pequeña me ha atraído el arte; lloraba sin consuelo cuando terminaban las obras de teatro infantiles, me pasaba horas dibujando, disfrutaba como una loca disfrazándome con la ropa de los 80´s de mamá, me encantaba imaginar.

Llegó la adolescencia y de pronto mi manera de expresarme y de vestir no encajaban con mi colegio. Un colegio en el que lo que se buscaba era a la ingeniera excelente en una ciudad teñida de un azul marino casi negro.

Los colores de dentro se me empezaron a apagar, al mismo tiempo que mi imaginación se empezó a teñir también de oscuro.  Así empecé creerme lo que otros niños del cole decían sobre mí (o por lo menos así fue como yo lo viví) comencé a identificarme con el personaje de niña cursi, absurda y ridícula. Poco a poco esas creencias se fueron cosiendo a mi piel. Me avergonzaba de ser cómo era. ¿Por qué no era como mi hermana: fuerte y dura?

Recuerdo la adolescencia como una montaña rocosa de inseguridades, miedos y rechazo hacia mí misma. Mis caderas se ensanchaban, gané tres tallas de sujetador y de pantalón mientras sumergida en un mar de emociones intentaba nadar hacia la orilla de la madurez. Cuando escribo este texto todavía puedo percibir esa sensación de mareo, aún quedan posos flotando en la imagen que tengo sobre mí.

La pubertad es una etapa en la que la parcela social ocupa muchísimo terreno de nuestras vidas; en este tramo nos preocupa especialmente ser aceptadas por nuestros amigos, gustar a los chicos y conseguir su aprobación.  ¿Qué quieren los demás de mi cuerpo? ¿Cómo puedo transformarlo? Dietas, maquillaje, tutoriales de belleza, consumo de productos cosméticos, horas y horas dedicadas a mi cuerpo para contentar a otros…

Durante la pubertad lo que el otro piensa sobre nuestro cuerpo construye nuestra realidad, una realidad incompleta basada en la opinión subjetiva de una tercera persona.  Si a juicio de alguien estoy demasiado gorda, soy muy bajita, tengo el culo muy grande, mis pies son feos…Entonces me trago esas ideas, las mastico y que se quedan impregnadas en mi piel, en muchos casos acompañándome durante años.

Durante nuestra adolescencia se forja una parte muy importante de nuestra autoimagen como adultas. Por lo tanto la manera en la que mi familia, mi pareja, mis amigas u otras personas importantes para mí han tratado mi cuerpo tiene una influencia directa en cómo me vivo yo actualmente.

¿Te has planteado que lo que te estás diciendo sobre tu cuerpo puede que en realidad tenga poco que ver contigo? ¿Realmente eres tú la que piensas que tu barriga es horrible? ¿Estás segura de que tu talla es demasiado grande? ¿Eres tú la que has decidido que tu celulitis es antiestética?  ¿O son otros los que te han ayudado a construir esas creencias sobre ti?

Cuestiona lo que piensas sobre tu cuerpo, tira del hilo hasta desenrollar la madeja y quedarte desnuda.  Conecta con tu cuerpo y el poder que sólo tú tienes sobre él.

Imagen:  Película 13 Going on 30 (Dir. Gary Winick, 2004)

 

 

 

 

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